Elecciones generales para dummies

 

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El título de esta entrada pretendía ser bastante más largo. Algo así como “Pequeña guía para entender las elecciones generales en España (de una puñetera vez): cómo funciona un sistema parlamentario” pero debido a la longitud me he decantado por algo más cortito y fácil de entender.

Hoy han sido las duodécimas elecciones generales desde la recuperación de la democracia. En estos comicios, planteados cada cuatro años salvo que se disuelvan las Cortes Generales antes de lo previsto, se eligen los diputados y diputadas del Congreso de los Diputados y los senadores y senadoras del Senado de España. Ambas cámaras forman Las Cortes Generales. La primera de ellas es considerada la cámara baja y la segunda la cámara alta. Esta denominación tiene sus explicaciones históricas, sin relevancia alguna para lo que quiero tratar de explicar hoy.

Son elecciones y, por tanto, elegimos. ¿Elegimos al presidente del Gobierno?

La respuesta es muy sencilla: no. Eliges los diputados y diputadas que te representarán en el Congreso de los Diputados y los senadores y senadoras que te representarán en el Senado, en caso de que decidas votar para ámbos órganos. Son los diputados del Congreso los que elegirán al Presidente del Gobierno de España, en caso de que se llegue a algún acuerdo para la investidura.

Esto es así porqué nuestra democracia se situa dentro de las parlamentarias -independientemente que sean monarquías como España o Reino Unido, o repúblicas como Alemania o Italia. En este tipo de democracias -las más estables y democráticas entre las democracias- el pueblo soberano elige a sus representantes en el Parlamento, que es el órgano legislativo, y es éste órgano, además, el que elegirá el ejecutivo. Montesquieu hablaba de la separación de poderes -legislativo, ejecutivo, judicial. Como puede verse, en los sistemas parlamentarios el legislativo y el ejecutivo no están claramente separados. El legislativo es quién elige la Presidencia del Gobierno, pero es también al mismo tiempo la que se encarga de legislar -es decir, aprobar leyes- y controlar la acción de gobierno llevada a cabo por el ejecutivo. Los miembros del ejecutivo -Presidente y los ministros- deben ser elegidos por el Presidente del Gobierno de entre los diputados del Congreso.

Muy bien, pero en otros países eligen al Presidente directamente, ¿no son a caso más democráticos?

No tiene por qué. Países como Estados Unidos de América o Chile son sistemas presidencialistas plenamente democráticos, pero si echamos un ojo al The Economist Intelligence Unit Democracy Index vemos que los países situados más arriba en el ránquing son o bien repúblicas parlamentarias o bien monarquías constitucionales con sistema parlamentario.

Bueno, pero gobernará al menos el partido más votado, ¿no? Sería lo justo, puesto que son quienes han ganado las elecciones.

Pues no tiene por qué, la verdad. Como ya he dicho, en los sistemas parlamentarios se elige el parlamento para que represente tus intereses como ciudadanos a través de los partidos políticos. Una vez constituido el parlamento, son los diputados los responsables de elegir al jefe del ejecutivo, y por tanto, será el que obtenga el mayor número de apoyos parlamentarios a favor.

Por si no ha quedado del todo claro: no importa, para nada, quién ha obtenido más votos, sino quién ha conseguido el mayor número de escaños. El partido más votado no tiene por qué ser el que obtenga más diputados. Y esto, por injusto que sea, debe quedar muy claro. La presidencia del Gobierno no la determina que al PP lo voten un porcentaje muy elevado de ciudadanos, sino que obtiene más escaños que el resto.

Los diputados se eligen por ciurcunscripciones electorales plurinominales mediante el sistema d’Hondt. Esto, que suena a chino, significa que en cada circunscripción electoral -en el caso español, para las elecciones generales, las provincias- hay varios diputados en juego, y que se reparten de modo proporcional entre los partidos en base a los votos recibidos. Como es lógico, no todos los partidos votados pueden ser representados. Para poder optar a tener representación, el partido debe superar la barrera del 3% de los votos en dicha circunscripción. La forma de calcular qué escaño corresponde a quién es muy sencilla, pese a que no lo aparente:

  • se cuentan el número de votos válidos (votos a partidos y votos en blanco)
  • se dividen los votos válidos entre el número de escaños por asignar: el resultado son los votos que cuesta cada escaño.

A modo de ejemplo: en la Provincia A se contabilizan 100.000 votos, y en dicha circunsripción se reparten 10 escaños. La repartición de escaños, mediante el sistema d’Hondt quedaría tal que así:

 

Partido Votos /1 /2 /3 /4
Azul 34.000 34.000 (1) 17.000 (4) 11.333 (7) 8.500 (10)
Rojo 29.000 29.000 (2) 15.500 (5) 9.700 (9) 7.250
Verde 25.000 25.000 (3) 12.500 (6) 8.333 6.250
Amarillo 11.000 11.000 (8) 5.500 3.667 2.750

 

Negro 1.000

En la primera columna vemos el nombre del partido, en la segunda la cantidad de votos recibida, y de la tercera hasta la sexta, el resultado de dividir los votos obtenidos por cada uno de los divisores. El método d’Hondt, muy resumido, determina que la repartición de escaños se hace por orden decreciente de los resultados obtenidos. El número que véis entre paréntesis es el orden con el que se van asignando los escaños. Podemos ver que, de los diez escaños en juego, el primero, el cuarto, el séptimo y el décimo van a parar al partido Azul, obteniendo 4 por 34.000 votos (34% de los votos emitidos vs 40% de los escaños en disputa); el segundo, el quinto y el noveno se asignan al partido Rojo, (29% de votos vs 30% de los escaños); el tercero y el sexto al partido Verde (25% votos vs 20% de los escaños); y el octavo se asigna al partido Amarillo (11% de los votos vs 10% de los escaños). Sí, el partido Negro no obtendría, en dicha provincia, ningún escaño, pues ha obtenido menos del 3% de los votos necesarios.

La diferencia de la proporcionalidad de los votos respecto de los escaños obtenidos se suele atribuir al maldito sistema d’Hondt. Creedme, pese a que sea un sistema que favorece a los llamados partidos mayoritarios, la principal variable que los beneficia es el tamaño de la circunscripción electoral, es decir, el numero de escaños que se reparten. Si no me creéis, haced vosotros mismos la prueba. En vez de repartir 10 escaños, probad a repartir 5, y luego 15.


Espero que este articulo haya sido pedagógico y sirva para entender mejor que uno no vota a Rajoy (a no ser que viva en la misma circunscripción electoral por la que se presenta) o a Iglesias, sino que elige los diputados de uno u otro partido. Estos diputados democráticamente elegidos (pese a que pueda haber diferencias entre el porcentaje de votos recibido y el porcentaje de escaños obtenidos) son los encargados de elegir al jefe del ejecutivo (Presidente del Gobierno) que será el que nos gobierne.

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Pequeño análisis del debate

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Por si alguien no se había dado cuenta, estamos ya en campaña electoral para el 20D. En Cataluña es la tercera de este año, y para los que no nos gustan, es un alivio pensar que el año que viene no habrá ninguna -bueno, quizás una, pero espero que no lleguemos a dicha situación. Las campañas electorales incluyen spots electorales, carteles con las caras de los candidatos por las calles y, también, debates electorales. La novedad de estas elecciones, y el grupo Atresmedia nos lo ha estado recordando hasta la saciedad, es el primer debate electoral a cuatro, en el que las normas las ponían los periodistas y los candidatos no tenían turnos establecidos. Hay que agradecer que, pese a ser Ana Pastor una de las moderadoras, esta vez no interrumpió a los candidatos, como es costumbre en ella. Para los que no lo pudistéis ver y os da pereza tragaros dos hora de programa El Mundo ha recopilado los diez mejores momentos.

A continuación haré un repaso de qué me ha parecido cada uno de los candidatos -incluyendo a Sáenz de Santamaría, que ella misma ha dicho que es candidata a la vicepresidencia.

pedro-sanchezPedro Sánchez: por sorteo, él fue el primero en responder a las primeras preguntas, al igual que fue el primero en pronunciar su minuto final ante la cámara. De los cuatro, él era el que debía enfrentarse más a todos los candidatos. Contra Pablo Iglesias, vinculandolo a los gobiernos de Syriza en Grecia, empujándolo hacia la izquierda más radical. Contra Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría empujándolos hacia la derecha, intentando difuminar las diferencias entre los partidos de uno y de la otra. Aún así, atacó con fuerza al PP, vinculando los recortes sociales con las rebajas fiscales. Pese a iniciar el debate con cierta tranquilidad y buena postura, conforme éste iba avanzando se le notaba cierto nerviosismo: se alteraba cuando se le dirigían directamente y, de los cuatro, era el más faltón, burlón y desconsiderado durante la intervenciones del resto de participantes. Cuando más nervioso estuvo fue al hablar de la cuestión catalana: se le preguntó explícitamente en qué consistía su propuesta federal, y no explicó nada más allá de trasladar el Senado a Barcelona. El único tema al respecto del cual no se rió, ni interrumpió, ni burló fue la violencia machista.  Para mi fue el claro perdedor del debate. Los mítines pueden dársele relativamente bien, soltando eslogan tras eslogan, pero cuando se trata de debatir…

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Pablo Iglesias: de los cuatro partidos representados en el debate, el suyo es el que peor va en las encuestas, y sabe bien quiénes pueden ser los indecisos que les terminen votando: gente desencantada con el PSOE, gente joven, acostumbrada a contratos precarios y afectada por los recortes del gobierno del PP que piden un cambio real. Pese a tener tics de la vieja política, no le asusta reconocer aquellas propuestas de los otros partidos con las que está de acuerdo -la nueva política debe diferenciarse de la vieja, entre otras cosas, en el pactismo- pese a matizarlas. De los cuatro, fue el más combativo, con diferencia. Las cámaras y los debates son su medio natural, ha sido conocido por ello, y se le nota que disfruta. También era el más informal, tanto en su vestimenta como su postura: es parte de la identificación que pretende establecer entre él y la gente común, la dicotomía ‘los de arriba’ contra ‘los de abajo’. Fue el más condundente con las preguntas de los periodistas (el único en mojarse en si intervendría en Siria en caso de que el gobierno francés así se lo pidiera, y el único en mojarse en la cuestión territorial y nacional), pero también fue el protagonista de algunos errores que el resto de candidatos supieron aprovechar bien. Cambió el nombre de la firma para la cual trabaja el principal asesor económico de Pedro Sánchez (la llamó ‘House Water Watch Cooper’ cuando en realidad es PricewaterhouseCoopers) y un error al explicar su posición respecto al ‘derecho a decidir’ hizo parecer que Andalucía, en 1980, celebró un referendum de autodeterminación en vez de uno para poder acceder a la autonomía mediante el artículo 151 de la Constitución Española, vía por la que, en principio, no podía acceder. Aún así ha sido el único candidato en reivindicar la pluralidad nacional de España, así como la pluralidad lingüística. Al respecto de la violencia de género, el momento más solemne del debate para todos, aprovechó para reivindicar más medios y comptencias para poder atajar el problema, en clara alusión a los recortes efectuados por el Gobierno del PP. Sacó a relucir su formación como politólogo cuando fueron preguntados sobre si dejarían gobernar la lista más votada: en un sistema parlamentario gobierna el que consigue más apoyos parlamentarios, no como en los sistemas presidencialistas. Fue el claro ganador del dabate.

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Albert Rivera: La estrategia de C’s pasa por invisibilizar a Podemos y considerarse a ellos mismos como única alternativa posible al PP y al PSOE, culpándoles de todos los males que hasta ahora han afectado a España, y haciendose cargo ellos solitos de la regeneración política del país. Durante el debate, la estrategia ha sido la misma. Se le ha notado muy nervioso y con no muy buena cara, sobretodo durante la primera hora del debate. Al nerviosismo hay que sumarle el tono faltón con que se ha dirigido casi constantemente a Sáenz de Santamaría. Los únicos momentos fuertes de debate para el candidato naranja han sido cuando se ha tocado la corrupción y la cuestión catalana: contundente contra el PP, mostrando la portada de El Mundo con los papeles de Bárcenas, y contundente contra el independentismo y Artur Mas, revindicando su segunda posición en el parlamento catalán frente a los 11 diputados que los populares consiguieron el pasado 27 de setiembre. Entre sus errores ha estado el buscar la simpatía del electorado haciendo chistes y bromitas al respecto de las intervenciones del resto, dando la impresión de que era una tertúlia de bar más que un debate serio.

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Soraya Sáenz de Santamaría: el Partido Popular acudía al debate siendo el ganador en todas las encuestas, pese a la importante bajada y haber gobernado cuatro años con duros recortes. La tarea de Soraya, como ha venido siendo estos largos cuatro años, ha sido la de control y minimización de daños. Que no acudiera Rajoy al debate hace daño al PP, pero haberlo dejarlo sólo ante el peligro hubiese sido catastrófico. Se mostró clara y contundente en cuanto a sus motivos para ser ella la representante del Partido Popular en el debate: somos un equipo amplio y diverso, nos repartimos los actos de campaña, y el presidente asistirá al tradicional debate con el líder de la oposición. Pese a la contundencia, no convenció mucho. Más que debatir, lo que hizo fue defenderse constantemente, y lo hizo de forma correcta y con elegancia, sin faltar al respeto a nadie, sin apenas levantar la voz, y disparando dardos de vez en cuando. Sus principales argumentos han sido el crecimiento de la economía y la creación de empleo, cifras convenientemente elegidas. No fue muy brillante su respuesta a la corrupción, como viene siendo habitual en el PP, reclamando celeridad para cerrar los casos. Su principal rival ha sido el PSOE, reclamando lo tradicional en la política española, y cuando ha hecho referencias a C’s y Podemos ha sido para equiparar la nueva política con la vieja. Al respecto de la cuestión catalana, su respuesta ha sido igual de floja que su acción de gobierno: escudarse en la constitución para no avanzar hacia una solución política. Aún así, ha aprovechado para mostrar a su partido como el garante de los servicios públicos en Cataluña. Ha revindicado el status quo y la nación española como única e indivisible, en clara contraposición a los posicionamientos de Podemos y PSOE. Ha sido la primera en ser preguntada al respecto de la violencia machista y se ha mostrado contundente, llamándola violencia de género, pese a que en el PP y cercanías suelen preferir el término ‘violencia doméstica’. Se ha mostrado coherente con el posicionamiento de su partido al respecto de la lista más votada, amparándose en la tradición, pero sin tener en cuenta que el nuestro es un sistema parlamentario, no presidencialista. No ganó el debate, pero su segunda posición salvó un poco los muebles.

Estas han sido mis impresiones sobre el debate de anoche. Me falta recalcar una anécodata que me ha sorprendido para bien: pese haberse utilizado a Venezuela como arma arrojadiza en los últimos años, sobretodo debido a la cercanía de la formación de Pablo Iglesias con Hugo Chávez, sólo se comentó la negativa de Podemos a firmar una petición para la liberación de todos los presos políticos en Venezuela. Fue el único comentario al respecto del país caribeño, y casi pasó desapercibido.