Silbidos, caricaturas y desnudez. Tres ejemplos de libertad.

Hablar sobre lo que pretendo yo hoy es complicado. En mi mente tengo las ideas bastante claras, pero escribirlas no ha resultado tan sencillo como esperaba. Hablar de la libertad, de forma seria, es algo complicado, pues numerosos factores entran en juego y, evidentemente, lo que filósofos no han aclarado en libros enteros no lo explicaré yo en una entrada de un blog. No soy yo la clase de personas que tiene una idea o un modelo de sociedad y pretende obligar al resto. Al contrario, debido al respeto a la libertad y a las personas, creo que lo ideal serían unos marcos, esquemas, que permitieran una amplia libertad igual para todos. Pondré tres ejemplos en los que pienso que lo sensato sería respetar la libertad de cada uno, y los pondré a sabiendas que no todo el mundo estará de acuerdo conmigo. Estos tres ejemplos son las pitadas a los himnos, las caricaturas de Mahoma y el ir (semi)desnudo por la calle.

El pasado sábado 30 de mayo se disputó la final de la Copa del Rey de fútbol entre el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao. Como era de esperar, al sonar el himno español previo al partido, este fue sobradamente pitado, hasta el punto en que (en la emisión de TV3) el himno apenas podía intuirse. No han faltado los periodistas, tertulianos y opinólogos profesionales, expresando su apoyo a la libertad de cada cual de pitar los himnos, pero también aquellos a los que les ha salido la bilis y han llegado a pedir sanciones contra los individuos que pitaron al Rey o a los clubes, por no hacer nada, o asociaciones que lo hayan promovido. Evidentemente, creo que sancionar un ejercicio de expresión como puede ser pitar un himno o institución, por muy símbolo de la Nación que sea, está fuera de lugar. Si bien Floriano juzga horrorosa dicha acción (que está en su pleno derecho) porqué son símbolos que nos representan a todos, precisamente porqué dicha representación no ha sido consultada a los representados, no veo problema alguno en protestar mediante silbidos. El problema con los símbolos nacionales del Estado español, como su bandera, himno y jefe del Estado, es que no son excesivamente democráticos: el rey no ha sido elegido para su cargo, la bandera y el himno no cuentan con el apoyo de todas las naciones que forman parte de España y, por tanto, no representan a la totalidad de su población. Evidentemente puede ofender que a uno le piten su himno, pero, como en muchas otras situaciones en la vida, a veces no hay más que aguantarse. Pero al igual que el que no está conforme lo silba, el que sí está conforme lo aplaude y, por tanto, no veo cual es el sentido de querer prohibir que se silbe por el hecho de ofender.

Las caricaturas de Mahoma han sido polémicas y han traído alguna que otra amenaza y alguna que otra muerte. No es un fenómeno exclusivo del Islam.  La revista El Jueves dibujó al actual Rey con su mujer, cuando todavía eran príncipes, teniendo sexo con la intención de obtener una ayuda económica para sus hijos –sí, el polémico cheque bebé de Zapatero. También ha habido quejas entre comunidades católicas (muy, muy católicas) por caricaturas del Papa, de Obispos y por satirizar sobre la pedofilia y el excesivo ímpetu de los pro-vida en defender su posición. Pretender prohibir una caricatura, o realizar amenazas contra las personas que las hacen, es algo muy peligroso. Al hacerlo uno (o una comunidad) asumeque hay algo extremadamente sagrado y que, por tanto, nadie puede mancillarlo. Entiendo a la perfección que dentro de cada una de estas comunidades se ofendan y prohíban a sus miembros dichas acciones que mancillan aquello que para ellos es sagrado, pero deberíamos entender que extender dicha prohibición a aquellos que no forman parte de la comunidad es algo reprobable. La literatura es un buen ejemplo de ello. Autores como Salman Rushdie han sido amenazados de muerte por escribir libros como Los versos satánicos, en cuyas páginas se ofrece una descripción poco ortodoxa del profeta Mahoma. Libros como Lolita de Nabokov, Trópico de Cancer, de Henry Miller o El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger han sido censurados y prohibidos por ofender la moral pública. ¿A quién puede ofender que alguien cuente historias donde hay sexo, sodomía, pedofilia o lenguaje barriobajero? Evidentemente, estos libros no han ofendido a sus lectores, han ofendido a otros, que a su vez han pretendido que nadie pueda leerlos. Evidentemente, a día de hoy en los países occidentales poca gente hay que pida la censura de libros, pero no todo el mundo fue igual de contundente cuando mataron a los caricaturistas del semanario satírico Charlie Hebdo. Un par de ejemplos más: ¿qué opinaríais de que se prohibieran libros como Manifiesto comunista de Marx y Engels, o Anarquía, Estado y Utopía de Robert Nozick? El segundo dudo que se prohibiera en los Estados Unidos, pero el primero lo llegó a estar.

Finalmente, y quizás el tema más polémico, la desnudez en la vía pública. En Barcelona, hace años, se podía andar desnudo por la calle. Mi tío tiene la foto de un hombre que paseaba por Portaferrissa, desnudo salvo por los zapatos, con unos calzoncillos rojos tatuados y una piercing en el pene. Finalmente, el Ayuntamiento de Barcelona, por quejas de los comerciantes –sobretodo restaurantes- prohibió la desnudez o semidesnudez en la vía pública, excepto en las playas. Mucha gente opinará que es ofensivo, porqué nadie tiene porqué ver la desnudez de otra persona –mucho menos si hay niños delante, y el desnudo va con un trozo de metal colgado ahí abajo- pero no es este mi caso. Asumamos que el criterio “es ofensivo” es válido para prohibir a alguien ir por la calle como le plazca. ¿Qué sucede si a alguien le ofenden los tatuajes o los piercings, por set antinaturales? Todos entendemos que dicha prohibición es absurda, estoy seguro. Y si a alguien le ofende que dos personas homosexuales se besen y vayan de la mano por la calle, ¿habría que prohibirlo? Evidentemente que no. Alguien podría decirme que estoy mezclando churras con merinas, no es lo mismo enseñar un tatuaje o hacer una muestra pública de afecto que ir desnudo por la calle. Pero el siguiente ejemplo es más puñetero. ¿Qué sucede si alguien decide ir con ropa totalmente transparente y sin ropa interior? ¿O con esas camisetas de mallas que no ocultan nada excepto aquellas partes del cuerpo tapadas por las costuras? Si la desnudez en público debe ser prohibida, estas dos prendas también deberían prohibirse, pero las personas que las visten no irían desnudas.

Preguntémonos lo siguiente: ¿es la ofensa personal motivo suficiente para alterar la conducta de otros? Buscad algo vuestro que pudiera molestar a alguien (la barba, la falta de estilo vistiendo, el estado de la ropa, piercings, tatuajes, peinados, etc.), ¿estaríais de acuerdo con que se os prohibiera llevarlo?

Como decía al inicio, soy partidario de buscar un esquema de libertades que sea el más amplio posible e igual para todos y, a su vez, soy partidario de la total libertad en los tres casos. Que algo me ofenda a título personal no debería ser razón para que se prohibiera y, del mismo modo que pienso esto sobre aquello que me molesta, espero que el resto de gente tenga un respeto similar por la libertad de otros, ya sea ésta ejercida silbando himnos nacionales, caricaturizando aquello que pueda ser sagrado o vestir (o no) como a uno le dé la gana.


Sumisión

Nota: em refereixo a la novel·la en castellà per ser l’idioma en la que l’he llegit. També està publicada en català amb el títol Submissió.

denis-rouvreSumisión va aparèixer a les llibreries franceses el fatídic 7 de gener de 2015, el mateix dia de l’atemptat contra el setmanari satíric Charlie Hebdo (eldiario.es en parla aquí). Si afegim que la novel·la tracta una hipotètica França en que, a les eleccions presidencials de 2022, a la segona volta, l’electorat ha d’escollir entre la candidata del Front Nacional, Marine Le Pen, o el candidat del jove partit Germanor Musulmana, Mohammed Abbes, i que aquest últim és qui guanya, la polèmica ja està servida. L’altre dia al metro una senyora, al veure que llegia Sumisión, em va preguntar si estava bé. Això només m’havia passat amb l’Stieg Larsson, esperant a l’aeroport de Santiago de Compostela, amb la diferència que, en aquella ocasió, la majoria de gent que llegia esperant per a embarcar, llegia alguna de les novel·les de Millennium.

Houellebecq no ha destacat mai ni per ser moderat, ni políticament correcte, ni molt menys per importar-li el que diran, i en aquesta novel·la es nota (també és bona mostra el seu aspecte físic. A Charlie Hebdo se’n fotien). L’acusaran d’islamòfob, i segurament amb raó, però, tal com reconeix el protagonista de la seva novel·la (i, més o menys, alter ego),  és un masclista partidari de “l’ordre natural del patriarcat”. Però això tampoc ens hauria de sorprendre.

La novel·la en sí, tot i la premissa esmentada anteriorment de la elecció presidencial, pot dissecar-se en tres grans elements: els paral·lelismes amb la vida de Huysmans, la degeneració de l’individu a occident (encarnada en el protagonista), i els arguments que intenten donar versemblança a un President musulmà, islamista moderat, que acaba amb el greu problema de l’atur amb mesures tan senzilles (i sorprenentment acceptades tant per la dreta com per l’esquerra) com allunyar a la dona del món laboral. Sí, ja us havia dit que Houellebecq és un masclista.

Però hom no llegeix a Houellebecq perquè hi estigui d’acord amb el que diu. El llegeix perquè li agraden els autors que són capaços de transmetre el fàstic que sent per les societats del segle XXI, amb una certa tristor i melancolia. A Houellebecq no el consideren l’enfant terrible de la literatura francesa perquè sí. Amb altres novel·les ha guanyat importants premis, com el Goncourt, i sempre ha generat cert debat a la societat francesa. Segurament perquè el lector, sobretot el francès, deu veure una bona fotografia de la realitat, i li dol que sigui expressada amb aquest fàstic.

Sumissión no és la seva millor novel·la que hagi caigut a les meves mans (amb humilitat he de reconèixer que només he llegit Ampliación del campo de batalla i Plataforma, les quals em semblen excepcionals), però es llegeix bé, i sempre et fa dubtar i reflexionar: seria possible que l’eix esquerra-dreta deixés de ser el principal en el país en que es van originar? Un front republicà? És plausible que sigui l’islam la solució a dècades de degeneració individualista?

Publicada per Anagrama, tant en català com en castellà, la novel·la val 19.90€ i la podreu trobar aquí i aquí. També us deixo aquí una entrevista que li fan per a Babelia.