21D, ¿Y ahora, qué?

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Ayer 21 de diciembre se celebraron las elecciones más atípicas desde el regreso de la democracia a España. Convocadas por Rajoy, posiblemente de modo irregular, en base al artículo 155, con Puigdemont en Bruselas, con Junqueras, entre otros, en prisión preventiva, y celebradas en un jueves laborable. Con el 99,89% del voto escrutado y con un diputado en disputa entre PP y C’s en Tarragona, los resultados son los siguientes: C’s gana con 37 diputados (25,37%), JxC queda como segunda fuerza con 34 diputados (21,65%), ERC como tercera fuerza con 32 diputados (21,39%), PSC cuarta fuerza con 17 diputados (13,88%), CeC-Podem quinta fuerza con 8 diputados (7,45%), CUP sexta fuerza con 4 diputados (4,45%), y PP séptimo y último lugar con 3 diputados (4,24%). Veamos, a falta de análisis más concienzudos, qué ha pasado. La participación, sin recuento del voto exterior, ha sido récord: 81,94%. Dicha cifra puede considerarse una ‘participación total’.

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Inés Arrimadas ha ganado sobre todo en el área metropolitana de Barcelona, antiguo cinturón rojo y capital incluidos, y en Tarragona y sus alrededores, así como en el Valle de Arán y en Lleida capital. El President Puigdemont, desde Bruselas ha ganado en la Cataluña interior, desde la província de Lleida hasta Girona, ganando en esta última capital de província. Esquerra Republicana, a pesar de Marta Rovira, ha ganado en las tierras del Ebro, en algunos municipios pequeños del área metropolitana de Barcelona y algunos otros municipios en la província de Lleida. El PSC es el único otro partido en haber ganado en algún municipio, concretamente en Canejan, un pequeño municipio del Valle de Arán de apenas 97 habitantes.

La victoria de Arrimadas puede ser efímera. El bloque independentista sigue sumando más que el bloque constitucionalista, se incluya a Cataluña en Comú-Podem o no. Junts x Catalunya y ERC suman 66 diputados, más que suficiente para formar gobierno en minoría, y con los 4 diputados de la CUP se superan en 2 la mayoría absoluta. Por el otro lado, Ciudadanos, PP y PSC llegan a los 57. Si nos olvidamos que CeC no se han querido situar en la cuestión independencia-unión, que han dicho que en CeC hay sitio para independentistas, que la prensa de la caverna ha situado a Podemos del lado de los independentistas; si olvidamos todo esto, digo, el bloque constitucionalista sigue sin sumar, pues de 57 pasaría a 65, tres por debajo de la mayoría absoluta, y cinco por debajo del bloque independentista. Sería hacer trampas sumar los ocho diputados de los de Doménech y Colau al bloque independentista, pues ellos mismos han dicho que no van a luchar por dicha idea, y la prensa independentista los ha acusado de unionistas y de ponerse del lado de los del 155 y las porras.

El bloque independentista baja en 2 diputados, pero rompe la idea de que una alta participación lo perjudica. El voto independentista ha ido creciendo desde 2012. En dichos comicios obtuvieron 1.740.818 votos, en 2015, 1.966.508, y en las elecciones de 2017 2.063.361 votos, cifra incluso superior a la del referéndum del 1O: 2.044.038. Aun así, el bloque independentista sigue sin sumar más de la mitad de los sufragios. Esta vez suman 47,49%, porcentaje ligeramente inferior a los comicios de 2015 (47,8%) o de 2012, (47,87%). Por el camino hemos descubierto que a ERC y a la ex-Convergència no les sale a cuenta ir juntos, y también que PDeCat no es muy buena marca: cuanto más se esconda, mejor.

El bloque unionista también ha crecido. Para hacer dicho cálculo he excluido a ICV, CSQEP y CeC. Ya en las anteriores elecciones escribí al respecto de la falta de posicionamiento de CSQEP (aquí). En 2012, PSC, PP y C’s sumaban 1.271.395 votos (34,96%), en 2015 sumaban 1.608.840 (39,11%), y en estas elecciones 1.889.176 (43,49%). El unionismo sube más que el independentismo, pero aun así, excluyendo a ICV-CSQEP-CeC de la ecuación, sigue estando por debajo. Si añadiéramos los votos que recibieron estas formaciones, las cifras cambian significativamente: en 2012 1.6331.100 votos (44,85%), en 2015 1.976.453 (48,05%), y en 2017 2.212.871 (50.94%). Con o sin la contribución de los comunes, con una participación de más del 80% no se puede volver a usar la mal llamada ‘mayoría silenciosa’.

¿Y ahora, qué? El tablero de juego ha cambiado, aunque no demasiado. Un gobierno no independentista es prácticamente imposible. Arrimadas no será capaz de formar gobierno, pero nos espera una legislatura en la que reivindicará haber obtenido uno de cada cuatro votos, que la Cataluña real es la que representa su partido. Un ejecutivo independentista parece de fácil formación, pues se tienen los escaños, pero me surgen varias preguntas: ¿Quién será President? ¿Habrá buena relación entre JxCat y ERC? ¿Con qué apoyos? ¿Se podrá hacer entrar en vereda a las CUP para que den apoyo a un ejecutivo que puede que no sea tan unilateralista como ellos?

El independentismo y el unionismo suben. ¿Entonces, quién baja? Los comunes y la esperanza de que un cambio de gobierno en España pueda solucionar algo en Cataluña. El difícil equilibrio que han intentado mantener Doménech y los afines a Iglesias no ha dado resultado. La formación pasa de ganar las elecciones generales en Cataluña a obtener 3 diputados menos que en la legislatura anterior. Con un 81,94% de participación ya no hay dualidad de voto generales-autonómicas.

Pese a los buenos resultados del independentismo, no me atrevo a afirmar que estos hayan ganado. La Cataluña post-21D, post-155 y post-1O, con procesos judiciales abiertos, con el Supremo queriendo incluir a Marta Rovira, Anna Gabriel y Artur Mas en las causas por sedición y rebelión es una Cataluña dividida en casi dos mitades iguales. El gobierno que salga de estos comicios, seguramente independentista, deberá hacer más para incluir aquella mitad que no es independentista. No es seguro que Puigdemont, posible presidenciable, pueda regresar sin ser detenido. Figuras importantes del anterior ejecutivo tampoco es seguro que puedan tomar posesión de sus actas de diputados. El independentismo, fuerte en las calles, está tocado en las instituciones.

La victoria de Arrimadas puede ser amarga para la derecha española. Por un lado, es la fuerza mayoritaria en Cataluña. Recordemos que Ciudadanos es un partido que nació hace 11 años, en Cataluña, y que en este poco tiempo ha pasado a ser el primer partido de la oposición en la anterior legislatura, y la primera fuerza en el parlamento tras los presentes comicios. No solo ha tenido un crecimiento meteórico en Cataluña, en las Cortes Generales ha obtenido unos resultados decentes, y tras la victoria en Cataluña, seguramente sigan creciendo en España. Pero por otro lado, Ciudadanos ha crecido a costa de PSC y de PP, crecimiento que seguramente no se consolide, y que es la victoria con el porcentaje de votos más bajo en 37 años. El artículo 155 ha sido aplicado gracias al PP, pese a que Rajoy no quería hacerlo si no era con el apoyo de PSOE y C’s. Ahora hemos visto que C’s ha capitalizado todo el voto de los partidarios del 155. El PP, con 3 diputados, ha sido relegado al grupo mixto junto a la CUP. El 21D ha sido la derrota del PP en Cataluña, y esta derrota puede resonar en el resto de España. Al PP se le culpa de la mala gestión de Cataluña, y Ciudadanos se lleva el mérito del 155. Seguramente Ciudadanos crezca en el resto de España a costa del PP en los próximos meses.

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Las elecciones las ha ganado Ciudadanos, pese a que sea una victoria inútil; el independentismo ha revalidado mayoría absoluta y resultados del 1O. Tenemos un empate con dos bloques casi idénticos. Pero lo importante de estas elecciones no es quién las ha ganado mas quién las ha perdido. El 21D suma varios perdedores. Ha perdido el PP, a quien se le va a complicar lo que queda de legislatura española. Ha perdido CeC-Podem, que deberían ver que su equidistancia y ‘tercera vía’ no tiene apoyos significativos en Cataluña. La única vía sensata, según Iglesias, no es querida por los catalanes. Miedo me da saber qué pensará ahora. Y también ha perdido el 155. La intervención exprés no ha servido para nada bueno. Los partidarios de dicho artículo, en vez de aceptar la derrota, encontrarán excusas en la no-intervención del sistema educativo catalán, y en la no-intervención de los medios públicos catalanes. Con semejante cortedad de miras, no creo que el conflicto desescale.

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Cataluña, 27 de octubre: ¿independencia?

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Bru Aguiló/Fotomovimento

Vivimos en Cataluña, y supongo que también en el resto del Estado, unas semanas de vértigo. A muchos nos vendría bien una desintoxicación informativa, pero antes de que todos apaguemos televisiones, radios, móviles y tabletas, leed estas breves líneas.

El jueves 26 de octubre por la mañana el entonces President de la Generalitat Puigdemont amagó con convocar elecciones autonómicas para ver si el Gobierno presidido por Mariano Rajoy retiraba o suspendía la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española. Dicho movimiento por parte de Puigdemont suscitó múltiples interpretaciones: un último intento, a la desesperada, para entablar diálogo (sin las condiciones exigidas por Rajoy, claro); un intento de desescalada en el conflicto, con tal de poder recuperar algo de sensatez y moderación por ambos lados (Santi Vila y Ana Pastor mediante); miedo ante la concreción de la amenaza… Pero yo me decanto más por la siguiente, siendo consciente que puede haber más: mostrar, de un modo exprés, que el Estado no tiene intención de recular, y que iba a intervenir la Generalitat hiciera lo que hiciera Puigdemont, aludiendo así a la Teoría de la Causa Justa para justificar una declaración de independencia, admitámoslo, un poco parca en apoyos internos y externos.

Así las cosas, el viernes 27 de octubre el Senado decidía cómo aplicar el 155, y el Parlament votaba una resolución mediante la cual, parece, se declaraba la independencia. Si el jueves 26 de octubre Puigdemont había dominado la escena, haciendo quedar al Gobierno español como un gobierno contrario al autogobierno de Cataluña, el viernes Mariano Rajoy, ofreciendo un 155 más moderado de lo que todos esperábamos y realizando el Senado la votación de las medidas después de la votación en el Parlament, ha demostrado que no era tan duro y, gracias a la pronta votación en el Parlament, que no tiene problema alguno con el autogobierno de Cataluña, sino con la declaración de independencia. En todo caso, ahora todo el Govern de Puigdemont está destituído y se han convocado elecciones autonómicas para el 21 de diciembre.

Hay dos detalles que me parecen importantes. El primero es que lo que se votaba el viernes no era la independencia de Cataluña sino varias resoluciones por las cuales se activaban artículos de la Ley de Transitoriedad Jurídica, y se instaba a la Generalitat a negociar ciertos ítems con el Gobierno de España. La declaración de independencia no era parte de la propuesta de resolución, sino un preámbulo (disponible aquí). El otro detalle, hecho notar hasta la saciedad por Ferreras en el especial de Al Rojo Vivo, es la presencia de la bandera española junto a la catalana en la Generalitat de Cataluña. Si se ha declarado una república soberana e independiente lo lógico sería retirar la rojigualda de la sede del ejecutivo catalán. Por estos dos detalles me surge la siguiente duda: ¿se ha declarado la independencia de verdad, o se está usando, como creo, para poder negociar?

Veremos como se desarrollan los eventos en las próximas horas y semanas. Veremos si los partidos soberanistas se presentan a las elecciones convocadas por Rajoy (convocatoria que, por otra parte, podría ser inconstitucional). Veremos, en caso de que se presenten, qué resultado obtienen, y si no se presentan, cuál termina siendo la participación en las que seguro serán las elecciones autonómicas más polémicas de la historia española y catalana. Y, sobretodo, veremos como hacen los distintos líderes para gestionar la más que previsible decepción y enfado colectivos.


Cataluña, 1 de octubre.

lhoth2yze6_lqymu6n5jfzxlrdcgbmwhAyer fue 1 de octubre, a priori una fecha sin demasiada importancia, pero en la que había convocado un referéndum de autodeterminación en Cataluña. El referéndum fue convocado mediante la aprobación de una ley en el Parlament a principios de septiembre con mucha polémica. No comentaré demasiado lo ocurrido entonces, pero sí quiero dejar claro que la legalidad por si sola tiene poca importancia en democracia, lo importante es la legitimidad. Desde entonces, el Gobierno de Mariano Rajoy, su partido, así como el Partido Socialista Obrero Español y Ciudadanos, han negado que vaya a haber referéndum alguno, entre otros motivos por ser ilegal (sic), por dinamitar la soberanía nacional e ir en contra de la (sacrosanta) unidad de la nación española.

Pese a ser negado, el referéndum ocurrió. O al menos lo más parecido posible que las circunstancias permitieron. Moncloa llevaba desde la semana anterior presumiendo de estar impidiendo logísticamente el referéndum, ya fuera por la incautación de papeletas, o por la detención de altos cargos del ejecutivo catalán encargados de organizar el referéndum. Vendieron la incautación de diez millones de papeletas como el golpe definitivo al referéndum, siendo poco conscientes de lo fácil que es volver a imprimir varios millones. Pese a buscarlas con mucho esmero, ni la Benemérita ni la Policía Nacional pudieron encontrar las urnas, dejándonos escenas graciosísimas si no fuera por la gravedad de lo que estaban intentando. Entre tanto, hemos encontrado un nuevo mote para la Guardia Civil. Ya no solo son picoletos, ahora son también piolines.

A las detenciones, que ya empezaron a resonar en prensa internacional, mayormente criticando la acción del ejecutivo de Mariano Rajoy, hay que sumarle el ridículo de los piolines y la Policia Nacional en el intento de incautar papeletas y urnas y, no solo eso, sino también las vergonzantes cargas policiales que ocurrieron ayer en diferentes puntos del territorio. Una buenísima operación de imagen para el Gobierno español y sus Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que, por otra parte, ejercen una importantísima labor en la lucha anti-terrorista así como en misiones humanitarias por el resto del mundo. Las buenas gentes de cataluña, españoles todos, de momento, no se merecían el trato que recibieron por parte de los dos cuerpos de policía españoles. Pero más importante aún, los mismos cuerpos no merecían dicha imagen. Costó mucho que, tras la dictadura, el ejército y la Guardia Civil recuperaran una imagen respetable y democrática -siempre con excepciones- que ahora mismo han tirado por la borda, al menos de cara a catalanes y el resto del mundo. Seguro que los que jalearon a la Guardia Civil en Huelva, Córdoba y Castellón al son de ‘a por ellos’ deseaban que hicieran esto, e incluso mucho más, pero estas acciones pasarán factura.

El 1 de octubre es una fecha sin demasiada importancia, hasta ahora. El 1 de octubre entra por la puerta grande en la historia nacional de Cataluña. En esta tierra tenemos la mala costumbre de conmemorar derrotas (el 11 de septiembre, sin ir más lejos), pero el 1 de octubre no va a quedar solo como un día de una represión espeluznante. El 1 de octubre tiene un importante componente positivo para los catalanes. El 1 de octubre se constató que el Estado español no es capaz, con el mayor despliegue policial en Cataluña, de controlar el territorio. Un operativo que ha costado, según El Español, más de 31 millones de euros no ha conseguido impedir la presencia de urnas. Un operativo diseñado para atemorizar a los votantes, independentistas o no, no ha sido capaz de impedir que la gente se acercara a los colegios electorales, con dificultad, eso sí, y diposite un temible trozo de papel impreso en una temible urna de plástico.

Y si un Estado no es capaz de controlar su territorio, apreciados lectores y lectoras, ese Estado no es capaz de ejercer su soberanía. El 1 de octubre ha demostrado que para poner en jaque al Estado no hace falta ejército alguno. No hace falta ningún arma. Tan solo hace falta llevarlo hasta los límites de lo aceptable y de lo democrático. Y lo mejor de todo es que han sido ciudadanos de a pie, aquella gente común con la heroicidad de lo diario, la que ha movido la ficha que ha puesto en jaque al Estado español.

Los catalanes son conocidos por la dualidad del ‘seny i la rauxa’, la sensatez y buen juicio por una parte, y la impulsividad caprichosa. Cataluña, como toda nación que se precie, tiene características que pueden parecer contradictorias, y puede tenerlas debido a su pluralidad y su diversidad. El 1 de octubre Cataluña ha demostrado que es realmente bonita, no por la belleza de sus paisajes sino por el compromiso de sus gentes, por el saber hacer y la tranquilidad y serenidad demostrada ante injustificados e ilegítimos ataques policiales. Pero ha demostrado ser también rebelde, conservando una dosis importante de orden. Podríamos decir que ha sido ordenadamente revolucionaria. La Cataluña burguesa y de bien junto a la Cataluña más rebelde y ácrata, cogidas de la mano, aguantando estoicamente, demostrando que quién recurre a la violencia es porque en realidad no tiene mayor argumento. Hanna Arendt decía que la violencia no es símbolo de poder, sino de autoridad. Cuando uno debe imponer su autoridad es porque, en realidad, carece de todo poder.

Pero Cataluña, tanto la rebelde como la burguesa, tiene memoria. Buena memoria. Si bien el 1 de octubre entra por la puerta grande en la historia nacional como el día en que se demostró que el Estado central no es capaz de manetenr e imponer su soberanía, en todo el territorio, pero especialmente en el sur, el día se recordará como ‘los hechos del Montsià’ en el que la Guardia Civil fue pueblo por pueblo, cargando porra en mano contra el gentío que no hacía nada más que estar. Otras víctimas de la acción policial perdurarán en nuestra memoria largo tiempo, como por ejemplo la mujer a la que partieron los dedos de la mano uno a uno y agredieron sexualmente, seguramente para causar el terror en el resto de votantes.

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Para terminar, me gustaría tener un especial recuerdo a toda aquella gente que a lo largo y ancho del Estado español salió a las plazas a protestar contra la actuación policial y del ejecutivo central, así como para mostrar solidaridad con Cataluña. Y no solo a los que salieron a las plazas, también aquellos que, ya sea por miedo o por pereza, mostraron el mismo apoyo en redes sociales. A todos vosotros: gracias. Por contra, a los que justificáis la acción policial de ayer, la blanqueáis o, directamente la negáis, no tendréis nada de mi. Ni siquiera mi odio. A vosotros mi total indiferencia. Si no tengo más remedio que vivir con vosotros, como así creo que será pase lo que pase en las próximas horas, haré todo lo posible por no tener nada que ver con vosotros.


A ‘març’ pero con algo que otros no tienen: memoria e integridad.

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Después de poco más de tres meses de reuniones, negociaciones y asambleas -sin ser yo el más asambleario, todavía no he entendido cuál era el problema de que las bases de un partido participaran en una decisión importante- al final la CUP no va a investir a Mas. Parece que vamos directos a ‘Març’, y como ya va siendo habitual, la decisión viene acompañada de una campaña de acoso y derribo por parte de los sectores independentistas próximos al partido político antiguamente conocido como Convergència Democràtica de Catalunya. Estas gentes, tan beligerantes con los que no piensan como ellos ahora, son los que se jactaban de lo amplio, transversal, plural y democrático que era el ‘procés independentista’. A la que el guión ha dado cambios poco previstos, ya se sienten traicionados. La verdad es que no ha habido más traición que la del señor Mas y sus inmovilistas ‘hooligans’. Y, a mi entender, son los últimos en llegar los que más prisa están teniendo, los que menos se están dando cuenta de la situación y los que, con más facilidad, harán trizas toda opción de independencia.

En 23 años de gobierno autonómico, haciendo de muleta de gobiernos centrales de distinto color, y tras haber llegado a gobernar en Cataluña con apoyos del Partido Popular, ahora resulta que una condición más que razonable hace descarrilar el proceso, y que el independentismo se va al traste. Toda esta gente, que ahora se queja de las CUP, hace cinco años no tuvo ningún problema cuando tocaba hacer recortes sociales de la mano del PP. En aquél entonces, a todos estos independentistas y gentes de bien les unía más el eje izquierda-derecha, sobretodo en el plano económico. Ahora, cuando el eje nacional debería ser el importante, vemos que el inmovilismo de Junts pel Sí para con su figura mesiánica es más importante que el eje nacional. Vamos de mal en peor.

Quisiera recordar que fue el mismo señor Mas el que dijo que él podría ser candidato o no serlo, en función de lo que fuera mejor para el proceso independentista, y que fuimos muchos los que lo aplaudimos por ello. También quiero recordar que a todo el mundo os caía bien la CUP y el carismático Antonio Baños cuando fueron a protestar delante del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña cuando Mas fue citado a declarar por la convocatoria del pseudo-referéndum del 9N. A diferencia de otras formaciones, a la CUP no se la puede atacar por la falta de coherencia. Respetan al resto de formaciones y respetan los resultados electorales, pero por encima de todo, se respetan a si mismos. Hicieron campaña diciendo que no investirían a Artur Mas, y cuando la situación se ha torcido y se ha planteado el que pudieran permitir dicha investidura, lo han sometido a votación de los militantes. Ya me gustaría a mi ver eso en formaciones como CDC o el PSOE.

Cataluña, como comunidad autónoma, es una democracia parlamentaria, y es éste órgano el que decide a quién se inviste como presidente. El argumento -rancio y casposo- de que la la lista más votada debe gobernar es gravemente defectuoso, y ya vemos a dónde conduce, ya sea en ayuntamientos, en comunidades autónomas o a nivel Estatal. La democracia y la Política, en mayúsculas, son pactos, ceder todos un poco para que todos salgamos ganando. Nos llenábamos la boca con lo democrático que era el proceso, pero han querido forzar al candidato de los 62 escaños cuando había alternativas posibles para sumar más, bastantes más.

Algunos votamos a la CUP por motivos circunstanciales -aunque, hay que decir que no nos ha decepcionado- otros eran ya votantes de siempre en las elecciones municipales y, cuando pasaron al ámbito autonómico, les siguieron votando. Para una parte considerable del independentismo catalán, nosotros somos ahora unos ‘botiflers’, unos traidores a la patria, que hasta llegamos a colaborar con el CNI para torpedear la independencia. Pero recordad que el independentismo, históricamente no ha sido mayoritario en Cataluña, y no lo ha sido, en parte, porque el principal partido de las gentes de bien salía beneficiado dando apoyos puntuales a socialistas y populares. Y recordad que han sido esta misma gente de bien los que hace un lustro pactaban con el PP la gobernabilidad de Cataluña, mientras otras formaciones y organizaciones luchaban para hacer de la propuesta independentista una propuesta mayoritaria. Recordad, Mas y la gente de bien son los últimos en llegar, los que más prisa tienen y los que más intransigentes son al respecto del proceso independentista catalán. Han sido ellos los que están haciendo descarrilar, y la CUP ya lo dejaron muy claro en su genial spot electoral: ‘anem lents perquè anem lluny’.


La sutileza del FLA

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El viernes pasado, previo a ‘El Clásico’ e inmerso en la alud de noticias sobre la caza al hombre de Salah Abdeslam, nuevas y estremecedoras imagines de los atentados y audios hasta el momento inéditos de los tiroteos, el Consejo de Ministros ha aprobado repartir lo que quedaba del FLA (Fondo de Liquidez Autonómico), con un control específico sobre Cataluña . El último capítulo del proceso independentista hasta la fecha resulta ser un buen tanto que se apunta el Gobierno. El cómo tiene más que ver con el relato creado que con la rigurosidad de los hechos.

La situación en Cataluña es delicada: estamos con un gobierno en funciones a la espera de que se pueda llegar a un acuerdo entre JxSí y las CUP para investir a alguien como presidente, las farmacias deben miles y miles de euros a sus proveedores porqué la Generalitat no paga lo que debe porqué la asignación presupuestaria que se hace desde el Gobierno es cuanto menos tendenciosa, tenemos camas cerradas en hospitales públicos mientras se derivan pacientes a centros privados o concertados, etc. A los catalanes siempre se nos ha acusado de tacaños, y si bien no siempre estoy de acuerdo con dicho tópico, ‘la pela és la pela’ y en Madrid se han dado cuenta.

El relato tramposo

Si se lee la prensa española, sobretodo la radicada en Madrid, o al escuchar al gobierno del Reino de España, cuando hablan de independencia, financiación y otras temas mínimamente relacionados con la cuestión territorial, se da uno cuenta de que en un momento u otro termina afirmándose que España es uno de los Estados más descentralizados del mundo, más incluso que los Estados Unidos en algunos aspectos. Y en parte no les falta razón. El Estado central tiene delegadas una cantidad enorme de competencias a las Autonomías. Pero también es cierto que hacen trampas: la financiación no se controla desde las autonomías, sino desde el Gobierno central. La ecuación es sencilla: competencias – presupuestos = nada.

Desde Cataluña algunos se han ido quejando (me incluyo) de lo injusto que es el actual sistema de financiamiento, sobretodo para los catalanes, por el cual el Estado recauda los impuestos -una parte, cierto es, corresponde a la Autonomía- y luego asigna las pertinentes partidas presupuestarias a las distintas Comunidades Autónomas. Es una suerte de redistribución de la renta, pero con un fuerte componente político que, en estos temas importantes de dinero, sería conveniente minimizar.

Debido a la actual crisis económica, la de la deuda, que parece alargarse más de lo que le tocaba, la Generalitat no ha podido financiarse en los mercados internacionales: las agencias de ‘rating’ califican la deuda catalana como bono basura- teniendo que recurrir al Estado central cuando las arcas han quedado vacías. Uno de los mecanismos que se han creado para poder pagar a proveedores de las administraciones autonómicas es el FLA, por el cual el Gobierno central ofrece un crédito a las administraciones para poder pagar los servicios pertinentes, que después debe devolverse.

Justo en uno de los momentos más delicados del proceso independentista catalán, y a tiempo para hacer campaña de cara al 20-D, el Gobierno presidido por Rajoy decide asestar un golpe al independentismo, condicionando la cesión de este crédito a que no se destine ni un sólo euro al independentismo y a que se deban presentar todas las facturas de aquellos servicios que van a ser pagados con estos más de tres mil millones de euros. ¿Alguna de las cosas a pagar tiene relación con el independentismo? No, pero al gobierno del PP le da igual y a los medios de comunicación españoles también, pues ambos comparten el relato de que España es de los Estados más descentralizados del mundo. Los millones de euros prestados irán a pagar una serie de carreteras y cárceles construidas en colaboración con el sector privado, que en el momento de hacerse no debían computarse como déficit, pero que ahora, desde Europa, sí, datando alguna de las obras de hace unos diez años.

¿Qué significa el condicionamiento del préstamo del FLA?

Llevabámos meses en los que se preguntaba al Gobierno, constantemente, si aplicarían o no el artículo 155 de la constitución o si, de hacerlo, cómo lo harían. Desde los ámbitos independentistas se tenía la certeza de que dicha intevención de la autonomía, por la qual el Gobierno central podría dar instrucciones a todas las autoridades de la Comunidad Autónoma, seria una acto de tal magnitud i falta de democracia, que desde instituciones europeas y desde otros países se exigiría al Estado español solucionar la cuestión territorial mediante un referéndum serio, algo que supondría una victoria para el independentismo.

Las condiciones especiales que exigen a la Generalitat significan, de facto, la intervención de la Autonomía, con un claro efecto de cara a las elecciones del 20D -el Gobierno hará todo lo posible para impedir que España se desmembre- pero con suficiente falta de intensidad como para que no cause revuelo en el exterior.